Una aproximación al año electoral 2022: balance preliminar

Edición #81

Lo que en muchos países se llama Estado de Bienestar, es visto a los ojos del uribista promedio como un peligroso socialismo castrista, debido a la asociación entre Petro y la insurgencia, que vende la propaganda y los discursos de los sectores cercanos a Uribe. Ojalá en el 2022 haya un cambio de rumbo, para que otros tengan la oportunidad de ejercer el poder desde otras perspectivas distintas. No puede ser el uribismo enmascarado, quien va a solucionar los problemas del uribismo sin máscara. Las tareas son claras en el panorama actual, concentrar las fuerzas alternativas para ganar electoralmente, y luchar con argumentos.

Por Esteban Morales Estrada

Comité de redacción de La Bagatela. Magister en Historia y docente

I

Colombia ha sido un país tradicionalmente gobernado por la derecha y el continuismo ideológico. Con algunos rasgos distintivos entre gobiernos parecidos, puede decirse que desde el final del Frente Nacional (1958-1974), hasta la llegada de Álvaro Uribe Vélez y sus dos gobiernos (2002-2010), el poder se repartió cíclicamente entre el Partido Liberal y el Conservador, ambos con siglo y medio de historia, y sin un discurso alternativo o novedoso en los social, económico y político. En ese sentido, la existencia de unas guerrillas fuertes, como las Farc y el ELN, en una guerra abierta y amplia contra el Estado, garantizaron el bloqueo de las opciones de la izquierda política. El miedo a las guerrillas no permitió el fortalecimiento de una opción viable electoralmente que diera un viraje político a la izquierda. Posteriormente, después del gobierno del conservador Andrés Pastrana (1998-2002), apareció un discurso de enfrentamiento frontal a las guerrillas, y recuperación a sangre y fuego de la soberanía del Estado en las grandes áreas que estaban bajo el control de grupos alzados en armas, generando una práctica “del todo vale”, o del famoso “el fin justifica los medios”. Álvaro Uribe se convirtió para muchos en el salvador y en el dique frente a la anarquía imperante en la década de los 90; además, produjo una ruptura con el bipartidismo tradicional, y puede decirse que hasta la actualidad ajusta dos décadas manejando la política colombiana, tanto directamente en sus dos gobiernos, como indirectamente por medio de Juan Manuel Santos (que posteriormente se alejaría de su influencia) e Iván Duque, un mediocre joven desconocido por todo el país, pero ungido por el “jefe”, precisamente por su propia insignificancia, buscando no repetir el error de elegir a Santos (miembro de la rancia oligarquía bogotana). Dentro de este panorama, el acuerdo de paz logrado por el gobierno Santos fue un terrible golpe para el uribismo, que no ha podido aceptar. Las consecuencias del acuerdo derrumbaron el discurso guerrerista y militarista, que había permitido culpar de todos los males del país a las guerrillas, y meter miedo con ese fantasma que ya no está presente de la misma manera que en 2002. El acuerdo reconoció que el Estado colombiano también ha tenido un papel en la guerra, y mostró otra cara de la moneda, que el uribismo no está dispuesto a reconocer: cientos de ejecuciones extrajudiciales, acumulación de tierras en medio del despojo del conflicto, casos de corrupción terribles, abandono estatal de diversas comunidades y territorios lejanos, participación de empresarios en la financiación de grupos ilegales, profundización de una política de satanización del opositor, y actuación conjunta de las fuerzas armadas con grupos paramilitares.

II

Ese esbozo histórico previo es fundamental para entender lo que pasa en Colombia y lo que se está jugando. Iván Duque se ha convertido en un pesado lastre que ni el mismo uribismo puede soportar, y hasta sus aliados desean desmarcarse de una administración que es un desastre ininterrumpido en el manejo de la protesta social y la corrupción, en las relaciones internacionales, en la seguridad interna, en la economía y en la política ambiental. Iván Duque vive en otro mundo y parece estar disfrutando de un puesto que no merece, que le quedo grande, y para el que no estaba preparado. Mientras eso pasa, Álvaro Uribe tira sus cartas hacia el centro, con la idea de continuar manejando la política del país, asunto que se ha convertido en parte de su propio interés por su futuro judicial. Es en ese panorama electoral, donde varios candidatos buscan congraciarse con el expresidente y amoldar sus discursos al oído del caudillo mesiánico de la “seguridad democrática”, que, a la luz de los hechos, parece que no fue lo uno, ni lo otro. Dentro de ese marco, aparecen dos estrategias claras: posar de renovadores, e infundir miedo con Gustavo Petro, el candidato que lidera todas las encuestas y es la cabeza visible del antiuribismo. Al interior del tupido paquete de candidatos a la presidencia (cualquiera cree poder ser presidente después de Duque), aparecen muchos camaleones que saben que necesitarán del voto uribista para crecer. Proceden entonces a combinar las dos estrategias mencionadas arriba. Analicemos los casos del exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa y del exalcalde de Medellín, Federico Gutiérrez. Ambos se auto-conciben como neutrales administradores de lo público, que merecen ser presidentes para llevar la economía a buen término y controlar el orden público. Lo que no parece interesarles es lanzar propuestas concretas para alcanzar esos objetivos y es casi seguro que sus estrategias no irían más allá de los recetarios neoliberales, con un respeto irrestricto a la figura de Uribe. Pero, en ambos casos, lo que llama la atención es que cada que tienen oportunidad, ambos candidatos satanizan a Gustavo Petro, por medio de los clichés de Venezuela y el socialismo. No combaten con sus propuestas, sino que atacan a Petro vendiendo miedo para ocultar la ausencia de un programa serio para el país. Hace pocos días, en una entrevista de unos 10 minutos realizada por la W Radio, Enrique Peñalosa no hizo más que advertir del peligro de que llegara Petro a la presidencia, mientras no dio una sola propuesta suya. Lo mismo hace Federico Gutiérrez. Lejos de criticar la pésima gestión de Duque, todos los males actuales del país, aparecen como una responsabilidad del candidato antiuribista Gustavo Petro. En ese sentido, ante la desaparición física de las Farc, el nuevo fantasma es Petro y el socialismo, cuya definición nunca dan ni debaten, sino que solo lanzan ideas vacías hacia una sociedad que no ha superado el capítulo de la guerra contrainsurgente. Buscan la asociación entre Petro y la guerrilla, para deslegitimarlo y satanizarlo, ya que no pueden ganarle a sus propuestas de redistribución de la riqueza, protección ambiental y ruptura del clientelismo tradicional. La estrategia va aparejada a venderse como alternativos de la política, algo así como uribistas camuflados, para aprovechar el descontento con el mismo uribismo que ellos representan. La jugada es compleja, pero consiste en vender a Petro como un socialista desastroso, para posteriormente mostrarse como los reparadores y los renovadores que recogen el descontento que se ha manifestado con grandes movilizaciones contra Duque. Ellos son los llamados a reparar un desastre que ellos mismos han patrocinado y que sin duda continuarán, ya que son uribistas disfrazados. Los riesgos contra la vida de Gustavo Petro son innegables, pero si se dan unas elecciones “normales”, sin duda la antinomia central será uribismo-antiuribismo. En el primer grupo habrá volteretas, reacomodos, ungidos y segregados, pero saldrá un nombre que encabece las banderas de la tendencia dominante en las últimas décadas de la política colombiana, y que sin duda tendrá la aprobación del caudillo. Dicha tendencia, por medio del miedo de los ciudadanos de a pie al fantasma insurgente, continuará profundizando las desigualdades, la guerra y el país terrateniente; mientras que solo Gustavo Petro encabeza la idea de un país distinto, que deje atrás la guerra e implemente políticas progresistas que se dan en todo el mundo, y que no son para nada comunistas, como las políticas redistributivas, el cuestionamiento a la política neoliberal y la preocupación por el medio ambiente. Lo que en muchos países se llama Estado de Bienestar, es visto a los ojos del uribista promedio como un peligroso socialismo castrista, debido a la asociación entre Petro y la insurgencia, que vende la propaganda y los discursos de los sectores cercanos a Uribe. Ojalá en el 2022 haya un cambio de rumbo, para que otros tengan la oportunidad de ejercer el poder desde otras perspectivas distintas. No puede ser el uribismo enmascarado, quien va a solucionar los problemas del uribismo sin máscara. Las tareas son claras en el panorama actual, concentrar las fuerzas alternativas para ganar electoralmente, y luchar con argumentos contra la desinformación respecto a las elecciones y el cambio de rumbo de Colombia.

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