"Terremoto"

Sismo

Pero lo que causa repulsión sobre este episodio es que se traiga al país y se le califique de “inolvidable” a una misión militar del ejército genocida de Israel que, independientemente de cualquier justificación, ha producido con su ataque y ocupación militar al indefenso pueblo Palestino de Gaza el efecto de 230 terremotos, como el ocurrido en Colombia el 10 de agosto.

Por Miguel Ángel Delgado Rivera

Miembro deñ comité de Redacción de La Bagatela

Durante noventa “eternos” segundos la población colombiana padeció el pasado lunes 10 de agosto a la 7:34 de la mañana, un terrible terremoto de magnitud 7.4. Su epicentro fue la población chocoana de San José de Palmar y, por razones geológicas la mayor afectación se dio sobre la cordillera occidental. Los departamentos del Chocó, Valle del Cauca y la región del Eje Cafetero terminaron siendo los lugares más afectados y donde las pérdidas humanas y materiales fueron enormes. Lamentablemente y con tristeza, de acuerdo con los reportes oficiales a la fecha, el número de personas fallecidas es de 329, heridas 4.600 y, sin exactitud, 247 personas desaparecidas.

Como es innato al ser humano, minutos después del enorme susto la población local reaccionó ante la lucha por la vida y la gran devastación: 450 municipios afectados, 29.500 viviendas destruidas, 175.397 averiadas, 574 edificios colapsados, 3.470 instituciones educativas afectadas, 308 centros de salud dañados, alrededor de 12 hospitales y clínicas con destrucción de parte de sus servicios, 304 vías dañadas, el aeropuerto de Pereira afectado en su pista y edificación y las comunicaciones totalmente alteradas o interrumpidas.

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Durante las primeras horas cruciales para salvar personas atrapadas en los escombros o heridas por los derrumbes, los vecinos y pobladores se organizaron colectivamente para realizar brigadas de rescate, suministrar primeros auxilios a las personas heridas y trasladarlas a centros de salud, apagar conatos de incendio, despejar vías, procurar formas de comunicación, levantar registros de desaparecidos, prestar alivio sicológico, crear sitios de encuentro, organizar albergues, compartir en las ollas comunitarias agua, alimento y medicamentos, recoger escombros, aportar herramientas y utilizar sus mascotas caninas como buscadores de vida. Sintetizado en una frase: humanidad, solidaridad, amor y apego a la vida fue la demostración de las miles y miles de personas que respondieron de inmediato ante la tragedia y a quienes hay que rendirles homenaje como héroes y heroínas anónimas, seres bondadosos.

La autoorganización de las comunidades populares es la más eficaz e importante acción para salvar vidas de cara a cataclismos de esta magnitud, por una razón simple y contundente, es que las gentes están ahí presentes en todas y cada una de las barriadas, veredas y lugares afectados, hay reacción inmediata, copamiento total y sentimiento humanitario. Esto hace que las tareas necesarias para atender el salvamento de vidas mediante el rescate de sobrevivientes y la atención inmediata de los heridos y las demás que toca hacer para garantizar la vida se empiecen a realizar a los minutos del insuceso. Simultáneamente, al unísono en los territorios afectados las organizaciones sociales, las juntas comunales, las y los voluntarios de la defensa civil o de bomberos, los sindicatos, las organizaciones juveniles, las primeras líneas, las mujeres organizadas, los feligreses, es decir, todas las personas se convierten en voluntarios de salvamento y rescate.

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Por supuesto esto no quiere decir que el arribo, horas después, de las entidades especializadas con personal técnico y animal altamente calificado, de carácter municipal departamental o nacional, o las que por lógica llegan más tarde y que conforman cuerpos expertos y certificados de rescatistas y hacen parte de la solidaridad internacional no jueguen un papel valioso. Su refuerzo y su experiencia son importantísimos. Llegan con transporte y herramientas adecuadas, personal médico y paramédico, medicamentos, hospitales de campaña, recursos logísticos y económicos. Pero estos deben actuar en coordinación e integrarse a las labores en los centros críticos ya establecidos por la comunidad, a la información recolectada dentro de los vecindarios y barrios, calles o caseríos, a las insuficiencias detectadas por la ciudadanía, a la información recolectada por los familiares sobre existencia de sobrevivientes y lista de desaparecidos. Una integración positiva y necesaria, una armonización de esfuerzos planificada y no subordinada, una integración humana para salvar vidas.

Y a la par comienza la ayuda humanitaria, la solidaridad general, los actos de desprendimiento y generosidad masivos en todo el territorio nacional y en el plano internacional, agua, alimentos, colchones, frazadas, carpas, medicamentos, hospitales móviles, materiales de construcción y todo lo que sirve para la existencia de los damnificados. Torrentes de ayuda humanitaria, jornadas y espectáculos de solidaridad. La gente común y corriente se moviliza de forma masiva, las personalidades del arte, la cultura, la música y el deporte aportan con entusiasmo su grano de arena. Y por supuesto la veintena de grandes potentados que con altisonantes anuncios y sesiones solemnes compiten por desprenderse “generosamente” de un microscópico porcentaje de sus fortunas acumuladas.

Además, está la actuación del Estado o lo que se conoce como gobierno. Tanto en su actuación primera de salvamento y rescate de víctimas, como en lo que se ha denominado la reconstrucción que es el segundo episodio de toda tragedia causada por la naturaleza. Calculan los expertos oficiales que esta recuperación costará 30 billones de pesos. No es el propósito de este artículo realizar una exhaustiva mirada crítica a la primera incursión gubernamental de Abelardo, ocurrida a solo dos días de su posesión. Lo hará la redacción de La Bagatela con más calma y detenimiento en próximos escritos debido a las múltiples aristas que implica esta desventura.
Pero independientemente de este propósito no podemos terminar esta nota sin mencionar un hecho sobresaliente, paradójico, irónico y repudiable, sucedido en medio del desastre que da la impronta de lo que será el gobierno del ciudadano norteamericano Abelardo: la autorización presidencial para que entrara a Cali el 14 de agosto una “delegación” de 83 miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), los militares israelíes estaban comandados por el Brigadier General Yossi Pinto y el Capitán Roni Kaplan y supuestamente vinieron a colaborar en el recate de personas y en la evaluación de daños.

Tras 11 días de permanencia la delegación fue despedida con honores y vítores por el vicepresidente José Manuel Restrepo en el aeropuerto Bonilla Aragón, quien calificó de inolvidable esta presencia. No sobra anotar que Cali ha sido un símbolo de la resistencia juvenil, una plaza donde el candidato Iván Cepeda ganó con holgada ventaja las elecciones presidenciales, la que fue escogida para la posesión, con tintes militaristas, del ilegítimo presidente Abelardo y en la que las organizaciones sociales y juveniles han jugado una sobresaliente tarea de solidaridad humanitaria frete a la tragedia.

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Han sido cuestionables los verdaderos propósitos de esta presencia militar israelí en Cali, la participación en el recate fue esporádica y parcial, el número de integrantes de la delegación fue limitada a no más de 20 militares y los 11 días de presencia son insuficientes para conceptuar objetivamente sobre los daños estructurales de la ciudad. Se podría entender más en el marco de la abierta cooperación de seguridad e inteligencia militar con Israel, para lo cual se restablecieron relaciones diplomáticas, se ubicará la embajada en Jerusalén y se reconoció el dominio de este país sobre los Altos del Golán, territorio invadido.

Pero lo que causa repulsión sobre este episodio es que se traiga al país y se le califique de “inolvidable” a una misión militar del ejército genocida de Israel que, independientemente de cualquier justificación, ha producido con su ataque y ocupación militar al indefenso pueblo Palestino de Gaza el efecto de 230 terremotos, como el ocurrido en Colombia el 10 de agosto.

Durante más de dos años de intensos bombardeos de misiles y ataques de infantería ha asesinado a 73.422 seres humanos entre ellos 20 mil niños y niñas, se estima que alrededor de 10.000 cuerpos permanecen bajo los escombros, familias enteras muertas en sus casas mientras dormían, 102.667 edificios destruidos produciendo escombros tan grandes como la pirámide de Giza, el 94% de las viviendas arrasadas, 80% de locales comerciales borrados del mapa, el 97% de escuelas derrumbadas y las universidades totalmente arrasadas, la destrucción de casi la totalidad de plantas de agua potable, ha dañado gravemente 38 hospitales, 96 centros de salud, más de 380 mezquitas, además de sitios arqueológicos y culturales, ha causado el desplazamiento del 90 % (dos millones de seres humanos) de la población y la tiene sometida a un horrendo padecimiento de hambruna y sed. Esto es lo “inolvidable” que nos trajeron a Cali.

Bogotá, 26 de agosto de 2026

Nota: Al terminar este artículo se anuncia la intensificación de los incendios forestales sobre todo en el departamento del Tolima, otra tragedia natural, pero esta es predecible y controlable. Más allá de las consecuencia sociales y humanas que pueda causar este nuevo desastre, lo peligroso es el anuncio del gobierno, por boca del ministro del Interior de militarizar el país bajo el falso supuesto de que los incendios son provocados por el narcoterrorismo o la primeras líneas, moldeándose como la excusa perfecta para activar el Escudo de las Américas.
 

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