En el 28 aniversario del fallecimiento de Francisco Mosquera

Edición #88

Petro logró que las ideas nucleares del proceso democrático prendieran en la conciencia mayoritaria del país nacional; Francisco Mosquera en Colombia fue el precursor que encendió la llama inicial de estas ideas-fuerza.

Por Marcelo Torres Benavides

Dirigente nacional del PTC

Con justo júbilo popular y como un extraordinario suceso, se ha registrado en Colombia y el mundo la elección de Gustavo Petro como la del primer presidente de izquierda y progresista en nuestra historia republicana. El acontecimiento ha sido percibido así mismo, como resultado del gran avance de la lucha política y social del país. El reciente auge del movimiento democrático en Colombia tiene lugar luego de lustros de incontables padecimientos por la violencia contra el pueblo, de pérdida de derechos, del sojuzgamiento y atraso de la nación, más pobreza extrema y deterioro general de las condiciones de vida.

La fuerza motriz del histórico vuelco, la movilización social y política de la inconformidad y la indignación colombianas, durante los últimos años cobró tal intensidad, con una fuerza y una amplitud inusitadas, que ha cosechado triunfos sin precedentes. Uno de los más decisivos fue lograr que el uribismo y su caudillo experimentaran el notable y ostensible retroceso de su influencia en la opinión pública. La gran hazaña ha sido liderada por Gustavo Petro, factor sin el cual habría sido imposible o quizá mucho más difícil y demorado el resultado general del trascendente avance al cual asistimos.

En este contexto, a casi tres decenios del fallecimiento de Francisco Mosquera, el fundador del PTC, resulta muy pertinente y justo poner de presente la tremenda vigencia de ciertos propósitos fundamentales que animaron su ciclo vital. Bajo la superficie del torrente desatado por el despertar de la conciencia de millones de colombianos, bullen como bosquejos en formación ideas, nociones o criterios nucleares del proceso democrático colombiano. Verdaderas concepciones estratégicas que vienen cobrando vida en el ánimo y la acción de las mayorías nacionales y, por tanto, convirtiéndose en las más poderosas palancas del cambio político, social y económico.

Auténticos avances, de gestación y desenvolvimiento más prolongado y menos perceptible a simple vista, pero también ─cuando se asimilan por vastos segmentos de población─ de efectos más duraderos y profundos. Y si bien es cierto que la entera autoría de la proeza de abrirle camino entre las muchedumbres a estas ideas-fuerza, verdadera estrella polar del rumbo progresivo del país, corresponde al liderazgo de Gustavo Petro, también lo es que quien hizo en Colombia de precursor del planteamiento de estas mismas ideas orientadoras fue Francisco Mosquera.

Se manifiesta ello, primero, en esa especie de consenso o conclusión cada vez más generalizada entre la izquierda de que, en las actuales condiciones del país, no vale persistir más en la errática táctica de forzar con las armas en la mano el régimen oligárquico existentes para superar la desigualdad y la injusticia social reinantes. Precisamente, el más temprano propugnador de la izquierda de tesis tan cardinal, allá desde mediados de los años 60 del turbulento siglo XX colombiano, fue Francisco Mosquera.

Segundo, Petro logró que prendiera la idea entre muchos millones de colombianos la convicción de que hay que barrer el modelo neoliberal del camino del progreso y del bienestar de Colombia. Mosquera fue el primero, o uno de los primeros colombianos, entre los dirigentes de izquierda, que entre 1988 y 1994 caló la naturaleza del modelo neoliberal y planteó la lucha contra el mismo. La profusión y riqueza analítica de sus escritos sobre lo que se avecinaba respecto del nefasto molde impuesto al país, reveló tempranamente su raíz antisocial y antinacional, refutó sus regresivos postulados sobre la omnipotencia del mercado, y sus vaticinios sobre la desindustrialización y la ruina del agro que acarrearía, resistieron la prueba del tiempo y se cumplieron de modo incontestable.

Tercero, Petro aireó en su campaña y ha anunciado como eje de su gobierno la fundamental noción de que el cambio en Colombia presupone la transformación productiva del agro y el desarrollo industrial y, ligado a eso, el reconocimiento de una política de protección y fomento del capitalismo nacional. Mosquera, en sus múltiples intervenciones y textos, sostuvo que la revolución colombiana tiene un carácter no directamente socialista sino democrático-nacional, que no es el exceso de su propio capitalismo de lo que adolece Colombia sino de su escasez y raquitismo, si bien distinguió su papel progresivo para el desarrollo del país del muy diferente efecto negativo del otro capital, el financiero, el usurario y especulativo, ligado a las multinacionales y al gran comercio de importación de alimentos y productos de consumo.

Y cuarto, de importancia capital, Petro jalonó el arranque del proceso de conformación de un amplio frente democrático, que incluye la izquierda, el centro y los sectores civilistas del establecimiento, cuya primera fase y núcleo es el Pacto Histórico. Desde la Independencia nacional de España no cuajaba, como hoy, un gran frente democrático como el que lideró Petro. Esta falta de antecedentes y experiencia en la conformación de grandes coaliciones populares durante los dos siglos de nuestra república, explica la confusión, la inercia de viejas costumbres, los procedimientos erráticos y las inevitables desavenencias y dificultades naturales en el proceso inicial de decantación de las genuinas reglas democráticas de la amplia alianza en movimiento.

En cambio, la negociación de un acuerdo nacional sobre lo fundamental, propuesta del presidente electo a aquellos sectores que habían declarado su oposición a las grandes reformas, detentadores de poder y privilegios, en principio encontró receptividad en varios de ellos. Si habrá o no de concretarse el acuerdo en torno a dichas reformas de fondo, es cosa que está por verse. La cuestión hoy es respaldar al gobierno Petro en la voluntad y conveniencia de adelantar las negociaciones en curso, pues aún en el caso de que no hubiese acuerdo respecto a las transformaciones, quedaría la posibilidad de pactar la lucha venidera en el marco del Estado de derecho, para civilizar la contienda política y suprimir métodos ilegales y violentos. Y en el evento de que incluso esto último rechazaran algunos, se comprobaría ante el país su naturaleza partidaria de los métodos de fuerza y de enemiga impenitente de la paz y del progreso.

Cuando a Colombia recién le fue impuesto el modelo neoliberal, el filo de los planteamientos de Mosquera se concentró en propugnar una política que en las más diversas latitudes se ha conocido como de frente único. Esa amplísima coalición de múltiples clases y sectores sociales, capaz de concentrar la fuerza necesaria para vencer el viejo régimen, empezar una democracia nueva y poner en marcha las grandes transformaciones. Que incluyera no sólo los trabajadores y a las clases y sectores más populares, amén de las capas medias, los intelectuales y artistas, sino a los empresarios de la producción, al clero consecuente y a los sectores democráticos de las Fuerzas Armadas.

No hubo condiciones para un frente de tales magnitudes en aquel momento. El vigoroso acento puesto por Mosquera entonces en la necesidad de un frente de salvación nacional no se perdió en el aire de la época, como brizna al viento. Hoy resuena potente y vigente, pletórico de vida y de la fuerza que le insufló el pueblo, bajo el liderazgo de Petro. Los 4 puntos que formuló para el frente, “la soberanía, la producción, la democracia y las justas reivindicaciones del pueblo”, ¿no son acaso expresión concentrada del programa del Pacto Histórico?

En el 28 aniversario de su fallecimiento, es pertinente una reafirmación rotunda: las tesis universales surgidas en la aurora mundial revolucionaria del siglo XX, y asimiladas por Mosquera como norte para la lucha revolucionaria en Colombia, han demostrado no sólo la terrenalidad de su pensamiento: también muestran el mayor aliento y alcance hacia el porvenir.

Bogotá, 1º de agosto de 2022

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