Inteligencia artificial y la paradoja de la productividad
Por Higinio Pérez Negrete
En el mundo capitalista, el concepto de productividad es de trascendental importancia. En efecto, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) depende tanto de la cantidad de personas que trabajan como de su productividad. Igualmente, en la competencia capitalista, la productividad es el factor determinante para definir quién gana y quién pierde posición en el mercado. Esto nos lleva a plantear dos interrogantes: ¿cómo es la relación entre el empleo y la productividad?, y ¿qué pasa con la productividad cuando la automatización, impulsada por la inteligencia artificial (IA), desplaza masivamente a la fuerza de trabajo?
A primera vista, el empleo y la productividad parecen moverse en direcciones opuestas; esto es, se considera que un aumento de la productividad se logra mediante el uso de máquinas que desplazan trabajadores, premisa que se confirma hoy con la acelerada automatización impulsada por la IA. Y es cierto, lo que antes requería el esfuerzo de muchas personas hoy se puede producir prescindiendo de ellas y, lo más importante, a un costo considerablemente menor. Si un capitalista, o un pequeño grupo de ellos, implementa dicha tecnología, ganará el mercado que pierden aquellos que continúan usando tecnologías menos avanzadas y empleando gran cantidad de fuerza de trabajo.
Sin embargo, ¿qué pasaría si la automatización se implementara de forma general y universal en las empresas? En este escenario, el sistema capitalista entraría en un colapso total, porque se produciría mucho, pero no habría compradores. El capitalismo no puede existir sin trabajadores en acción, que son quienes verdaderamente producen valor. Del valor total creado, la clase trabajadora reclama una porción en forma de salario, y queda un excedente que es apropiado por el capitalista para cubrir impuestos, intereses bancarios, rentas de la tierra y, finalmente, obtener su ganancia. Siempre que haya trabajadores en acción en las empresas habrá producción de valor. Por esta razón, las empresas completamente automatizadas, esto es, carentes de producción de valor, pueden gozar de ganancias extraordinarias obtenidas mediante la extracción de valor de otras empresas no automatizadas a través de la competencia.
Lo que está ocurriendo hoy con la IA es muy distinto a lo sucedido con avances tecnológicos anteriores. El mundo capitalista ha pasado de un largo período en el que se generaban muchos más empleos de los que se destruían a la etapa actual, donde ocurre exactamente lo contrario (véase «Avance tecnológico: ¿el fin del capitalismo?», La Bagatela, 31 de agosto de 2026). Las economías occidentales más avanzadas experimentaron un crecimiento vigoroso de la productividad y del PIB desde los años cuarenta hasta los años setenta del siglo XX, debido a que sus empresas crearon muchos más puestos de trabajo de los que destruyeron. No obstante, desde la irrupción masiva de la inteligencia artificial, la destrucción laboral ha superado con creces la creación de empleos, lo que ha desplomado los indicadores macroeconómicos y desencadenado diversas crisis.
Llama la atención la contradicción que existe entre el interés de los capitalistas individuales y los requerimientos del capitalismo en su conjunto. Mientras cada capitalista busca automatizar para bajar costos y ganar posición en el mercado, lo que explica el desplazamiento de trabajadores por máquinas, el sistema capitalista demanda la presencia de creadores de valor (la clase trabajadora), y la subsistencia de la extracción de excedente. Dicha contradicción se manifiesta con mayor nitidez en la actualidad y explica la caída en el ritmo de crecimiento de la productividad y del PIB en Estados Unidos y demás economías avanzadas de occidente. Mientras cada capitalista busca elevar la productividad automatizando sus empresas (las máquinas desplazando trabajadores), el sistema en su conjunto requiere que aumente la productividad del trabajo vivo (trabajadores en acción). La pregunta es: ¿Qué solución se le puede dar a esta situación, sin que signifique el derrumbe total del sistema?
Ante esta situación, los propietarios de las grandes empresas tecnológicas —quienes se lucran enormemente con el negocio de la inteligencia artificial, pero advierten el peligro que corre el sistema capitalista por las razones aquí planteadas— llevan años manifestando estar de acuerdo con que se les aplique un impuesto progresivo sobre el patrimonio destinado a compensar a las y los trabajadores desempleados mediante un “ingreso básico universal”. Esta propuesta, aunque dista de ser de fácil implementación, refleja una preocupación creciente por el futuro del capitalismo. Sin embargo, la iniciativa desconoce al trabajador como creador de valor, y simplemente lo reduce a un mero consumidor pasivo que requiere una asignación monetaria para satisfacer sus necesidades básicas, dinamizando así artificialmente la demanda agregada. Desde esa perspectiva, el problema no está en la producción, sino en el consumo. Además, dicha medida degrada al trabajador al someterlo a la dependencia de transferencias estatales y, lejos de restar poder a los colosos tecnológicos, los fortalece al erigirlos como filántropos benefactores de los desempleados.
En conclusión, nos enfrentamos a una gran paradoja de la productividad. Mientras que la productividad que beneficia al capitalista individual en su puja por el mercado se alcanza automatizando empresas y prescindiendo de trabajadores, la que sostiene al orden capitalista en su conjunto requiere la generación de empleo productivo y la cualificación de la fuerza laboral. Toda propuesta orientada a resolver las crisis estructurales del sistema debe partir de reconocer que el único agente creador de valor en la esfera productiva es el trabajador.