Avance tecnológico: ¿El fin del capitalismo?
El estudio de Acemoglu y Johnson no solo redefine la relación entre tecnología y trabajo, sino que nos obliga a cuestionar la viabilidad y el futuro del sistema capitalista tal como lo conocemos.
Por Higinio Pérez
Daron Acemoglu y Simon Johnson, galardonados con el Premio Nobel de Economía en 2024, manifiestan en su reciente obra “Poder y Progreso” (Editorial Planeta, 2024) una profunda inquietud sobre el rumbo de las economías capitalistas occidentales. Destacan el caso de Estados Unidos, nación que exhibió una prosperidad compartida entre el sector empresarial y la clase trabajadora durante un largo período desde los años cuarenta del siglo XX. Sin embargo, advierten que, desde los años setenta, el Producto Interno Bruto (PIB) muestra un crecimiento lánguido interrumpido por crisis recurrentes, mientras la participación de los salarios en el ingreso nacional decrece notablemente. Otra gran preocupación de Acemoglu y Johnson es que, la dirigencia empresarial, que antes consideraba a la fuerza de trabajo como un factor de producción esencial, hoy la percibe como un costo sustituible por tecnología. Ante esto, vale la pena preguntarnos: ¿cómo explicar el crecimiento del PIB?, ¿qué importancia tiene la población trabajadora en dicha explicación? y ¿cómo interpretan Acemoglu y Johnson la relación entre el avance tecnológico y el empleo?
Desde la perspectiva de la teoría del valor-trabajo, el crecimiento del PIB depende del tamaño de la fuerza de trabajo empleada y de su productividad. En este marco, es indispensable reconocer que las personas que trabajan son productoras antes que consumidoras y, en consecuencia, constituyen la fuente creadora de valor. Del total de ese valor, la clase trabajadora reclama una fracción en forma de salario, mientras que el capital se apropia del excedente para cubrir impuestos, intereses bancarios, rentas de la tierra y, finalmente, obtener la ganancia. Bajo esta lógica, un escenario donde la tecnología proveyera la totalidad de bienes y servicios sin intervención humana anularía la creación de valor; por ende, desaparecerían los salarios, el consumo y, eventualmente, la ganancia. Si esta tendencia se universalizara, el sistema capitalista carecería de sustento. Incluso sin llegar a este límite, si la tecnología destruye más empleos de los que genera, el valor creado disminuye, reduciendo el excedente empresarial, contrayendo la inversión y precipitando la economía hacia la crisis.
Esta premisa teórica facilita la comprensión de las tesis de Acemoglu y Johnson. Los autores señalan que, a principios del siglo XX, la expansión de la industria automotriz ilustró lo que el economista Joseph Schumpeter denominó "destrucción creativa". Si bien el automóvil desplazó al transporte tradicional de tracción animal y eliminó numerosos empleos, el nuevo sector impulsó una demanda sin precedentes en múltiples áreas de la producción, generando un saldo neto positivo en la creación de puestos de trabajo. En términos económicos, se destruyó valor antiguo para crear uno significativamente superior.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las economías capitalistas mantuvieron esta inercia mediante la adopción de tecnologías que demandaban personal cada vez más capacitado. Este proceso elevó sustancialmente la productividad y permitió que la industria manufacturera impulsara un crecimiento vigoroso del PIB. Durante este periodo, la consolidación de sindicatos robustos garantizó que los incrementos en el salario real superaran, en ocasiones, el crecimiento de la productividad. Acemoglu y Johnson definen esta etapa como de "prosperidad compartida", puesto que tanto la población trabajadora como el empresariado disfrutaron de una estabilidad económica prolongada.
No obstante, los autores observan con asombro que la dirigencia empresarial contemporánea ha dejado de considerar a la fuerza de trabajo como el motor de la "productividad total de los factores" para reducirla a un egreso contable que debe minimizarse. Entre los años cincuenta y ochenta, las inversiones equilibradas entre la automatización y la creación de nuevas tareas mantuvieron la participación laboral en los ingresos manufactureros cerca del 70%. Sin embargo, a partir de esa década, se impuso la visión del empleado como un costo. Esta transformación derivó en una automatización agresiva orientada a prescindir de la mano de obra (pág. 295).
Esta automatización extrema ha tenido resultados mediocres en términos de eficiencia global. En 1987, el Nobel Robert Solow sentenció: "Puedes ver los efectos de la informática en todas partes, salvo en las estadísticas de productividad"(pág. 306). Aunque los optimistas de la era digital prometieron un repunte inminente, tras treinta y cinco años el crecimiento de la productividad en Occidente sigue siendo decepcionante. Desde 1980, la tasa media de crecimiento de la productividad total de los factores en Estados Unidos ha sido inferior al 0,7%, una cifra ínfima comparada con el 2,2% registrado entre 1940 y 1970. De haberse mantenido el ritmo de la posguerra, el PIB estadounidense actual sería considerablemente mayor (pág. 307).
En conclusión, el análisis de Acemoglu y Johnson arroja lecciones esenciales para el debate económico actual:
1. Independientemente del marco teórico (ya sea la teoría del valor-trabajo o la teoría neoclásica de la productividad total de los factores) la población trabajadora es el motor trascendental del PIB.
2. El empleo no representa un simple costo operacional; es la actividad creadora de valor que genera el excedente del capital.
3. Si bien las máquinas pueden automatizar procesos de producción, por sí solas carecen de la capacidad de crear valor económico.
4. El crecimiento económico genuino depende del volumen de la fuerza de trabajo y de su aptitud para interactuar con la tecnología.
5. La capacidad de organización y negociación de las personas trabajadoras es el único mecanismo que garantiza una distribución equitativa del valor generado.
6. El intento del capital por excluir la participación humana mediante la inteligencia artificial y la automatización total podría conducir, paradójicamente, a su propia obsolescencia.
El estudio de Acemoglu y Johnson no solo redefine la relación entre tecnología y trabajo, sino que nos obliga a cuestionar la viabilidad y el futuro del sistema capitalista tal como lo conocemos.