Las antinomias en la interpretación histórica y cultural de Abelardo de la Espriella

Por Esteban Morales Estrada

Historiador y Magíster en Historia. Profesor de Humanidades, Miembro del Comité Editorial de La Bagatela y de Nueva Gaceta Medellín.

Con sus gestos y afirmaciones fanfarronas y simplistas habituales, Abelardo de la Espriella, apareció en un video recientemente, afirmando que había escogido a Paola Holguín como Ministra de las Culturas, los Artes y los Saberes, no por su conocimiento del sector o por su bagaje cultural (cosas de las que adolece), sino porque es “una generala para dar la batalla, la contrarrevolución cultural”. Acusó al gobierno de Gustavo Petro (al que denominó repetitivamente “régimen”), sin ningún tipo de argumento sólido, de fragmentar la cultura, y habló de “wokismo”, así como de la supuesta “interpretación ideológica de la historia”, y luego manifestó que “ellos quieren contar la historia como les da la gana y no como la historia ocurrió”. Pero como si no fuera suficiente, declaró que “la extrema izquierda lleva décadas permeando todos los ámbitos de la sociedad, particularmente los ámbitos culturales y académicos”, para luego continuar señalando la importancia de las enseñanzas de “nuestros abuelos”, y de una “interpretación correcta de nuestra historia”, enfrentada a un “social-comunismo ateo”. Con un discurso patriotero y unas gesticulaciones estrambóticas, resaltó nuestra “identidad nacional”, asunto aderezado con la idea de unos “fundamentos morales, culturales y sociales en occidente”, criticando el “relativismo moral” y acusando al “wokismo” (nuevamente) de falsificar la historia, porque la reduce “a una sucesión de pugnas entre opresores y oprimidos”. Luego de tediosos minutos de improperios, la catarata de disparates continuó, y desembocó en la escandalosa idea de eliminar y acusar de “terroristas” a figuras como Carlos Pizarro, que por el capricho del nuevo rey de Colombia deben ser suprimidas de la historia del país, con base en análisis anacrónicos y mediocres. Pero por contradictorio que parezca, a paso seguido y con una voz impostada y bravucona, el presidente se auto-concibió como defensor de la libertad y la democracia, contradiciendo todo lo que había defendido antes, y terminó su intervención con la idea de proteger el patrimonio religioso, antes de su puesta en escena en torno a su estribillo de “firme por la patria”, que esta vez se vio acompañado por un “firme por la cultura”.

 Me disculpo con el lector por esta desoladora recopilación de un discurso tan poco elaborado y sustancioso, sin embargo, es relevante por el hecho de que no proviene de un conspirador insignificante y marginal, sino del hombre que maneja los destinos de Colombia, aunque conserva características propias de la perorata del agitador de extrema derecha, ya que como decía el filósofo Theodor Adorno, “son tan monótonos que uno se encuentra con repeticiones interminables tan pronto se familiariza con el tan limitado inventario de recursos”, y más adelante señalaba que se caracterizaban por “la reiteración constante y la pobreza de ideas” como “ingredientes indispensables”[1] .

Museo 1

Quiero hacer una crítica filosófica a varias de las afirmaciones del señor de la Espriella, pero no sin antes señalar que hay una antinomia central en su pobre argumentación, la cual tiene que ver con que pretende hacer lo que critica, y que consiste en establecer una verdad oficial, y un relato correcto, que sin debate o consensos relevantes, desea construir una historia light, sin conflictos, sin contradicciones, sin disputas, en la cual no caben los personajes que unívocamente él considera, y donde hay una delimitación explícita entre los buenos y los malos, proponiendo una historia maniquea y panda. Lo anterior desemboca en que la historia de Colombia no estaría compuesta por la totalidad de los procesos que han ocurrido en este país, y sus distintas interpretaciones a través del tiempo, sino que se conformaría por un collage de lo que el presidente cree que debe ser, aniquilando lo que no le gusta, como los conflictos sociales, las diversas opiniones, y las particularidades de cada época. Estamos ante un rector del relato nacional de Colombia, que desea construir una narrativa oficial que se adecúe a su posición política, y que contradice los principios de la democracia y la libertad que tanto dice defender.

Podríamos asimilar la tentativa de Abelardo, en cuanto a la historia o la cultura, con la pretensión de momificar la realidad. Friedrich Nietzsche introduce el concepto de “momias conceptuales”, y las caracteriza como el producto de filósofos con una gran “falta de sentido histórico”, que “creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan”, y más adelante, comenta que “la muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones”, así que, en conclusión, para este tipo de perspectiva que venimos abordando, “lo que es no deviene; lo que deviene no es”[2] . La pretensión del nuevo amo de Colombia se puede entonces asimilar al concepto que aporta el filósofo decimonónico, en el sentido de que lo que se pretende es construir una versión correcta de la historia, sin contradicciones y fricciones, que cae en todo lo que busca evitar, pero además empobrece los procesos sociales, ya que quiere seleccionar lo que es digno de recordarse y lo que debe omitirse, sin ningún filtro serio, más allá de una supuesta “contrarrevolución”. Puede concluirse que se pretende convertir la historia del país en una momia, que sea útil a una postura política.

Otro pensador que puede brindarnos luces, es Walter Benjamín, en sus enigmáticas y fascinantes Tesis sobre el concepto de historia. En la VI nos advierte a las y los historiadores que “ni los muertos estarán a salvo del enemigo cuando venza”, pero adicionalmente, traza un camino en torno a la búsqueda irrestricta de “encender en el pasado la chispa de la esperanza”, y “arrancar de nuevo la tradición al conformismo que amenaza con subyugarla”[3]. Las reflexiones de Benjamin, entendidas en medio del avance del fascismo por Europa, que desembocará en su suicidio, nos muestran en esencia, los inmensos peligros de las ideas de los Firmes por la Patria, que van encaminadas a la pretensión de estructurar una historia correcta (¿para quién?), que cuenta lo que realmente ocurrió (¿desde qué perspectiva?), y que busca superar la supuesta “interpretación ideológica”, a través de la ideologización total y arbitraria de la misma. Pero sin duda, en esa nueva interpretación muchos muertos no estarán a salvo, pues serán omitidos, aniquilados y estigmatizados, convirtiendo la historia en un compendio de vencedores, definidos desde el presente, y con fines de legitimación política de un proyecto reaccionario. Por lo anterior, Benjamin advierte que se debe superar el conformismo y arrancar la tradición de las luchas políticas, sociales y populares de las garras de una supuesta historia oficial, empobrecedora y edulcorada, que omite la chispa de la esperanza que habita en el pasado, en torno a los proyectos y tentativas de cambio y de utopía social, buscando asesinar por segunda vez, por medio de la anulación, a millones de personas que han sido víctimas de un establecimiento violento, líderes de proyectos alternativos, o exponentes de otras visiones de la sociedad, que también deben hacer parte del relato de la historia nacional.

Pero el fenómeno va más allá de Colombia. Para la filósofa Maristella Svampa, que analiza el “experimento Milei” en la Argentina, “los enemigos del régimen, englobados en la llamada cultura woke, abarcan desde los artistas, las diversidades y los representantes de la cultura”, hasta “las universidades públicas”[4], libreto que comenzamos a ver aplicado en Colombia, y en el cual existe, por medio de unos conceptos flojos y nebulosos, un ataque central al pluralismo, que busca “instalar un clima de miedo que no solo genere oscurantismo sino pánico moral y disciplinamiento social (bajar la cabeza)”[5]. En síntesis, la arremetida contra lo cultural y lo contestatario es manifiesta en el nuevo proyecto de las extremas-derechas neofascistas mundiales, cuya expresión en Colombia está en el Ejecutivo y pretende aplicar el recetario mencionado. Su visión de lo cultural es una mezcla nefasta de ideas patrioteras y atrasadas, que quieren eliminar lo incómodo de manifestaciones como la historia, el arte o la literatura, controlando lo que debe decirse, y estigmatizando todo lo que se salga del camino trazado desde el poder. El gobierno actual y sus funcionarios, representan un gran riesgo para la democracia colombiana, y vienen construyendo una ambigüedad inmensa, ya que dicen defender la libertad, atacándola. Solo hay un paso entre lo que el presidente manifestó en torno a su visión de la cultura, y la quema de libros en plaza pública, así como la persecución de artistas e intelectuales. El principio rector parece ser anular todo lo que no se acomoda a la perspectiva imperante y relativizar cualquier crítica al respecto.

El gran José Carlos Mariátegui, aludiendo a la personalidad de Mussolini, declaraba algo que podría aplicarse perfectamente al tono del discurso de Abelardo de la Espriella con el que empezó este escrito, “su lenguaje no ha sido programático, principista ni científico, sino pasional, sentimental”[6], a lo que podría agregarse, que apelando a pulsiones retrogradas, pretende establecer una visión cultural e histórica estéril y plana, que se entrega desde la cúspide hacia abajo, y que delimita claramente qué es válido y qué no, con un arsenal teórico que se enorgullece con su colosal precariedad. La pretensión del actual presidente de Colombia consiste en convertir la historia y la cultura colombianas en momias anquilosadas.

Notas

[1]Theodor Adorno, “La teoría freudiana y el patrón de la propaganda fascista”, Argumentos n° 18/19/20/21 (1988): 62.

[2]Friedrich Nietzsche, Crepúsculo de los ídolos (Madrid: Alianza Editorial, 1984), 45.

[3]Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia”, Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia y política (Madrid: Alianza Editorial, 2024), 69.

[4]Maristella Svampa, “El experimento Milei”, Policrisis (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2025), 163.

[5]Maristella Svampa, “El experimento Milei”, 166.

[6]José Carlos Mariategui, “Mussolini y el fascismo”, La escena contemporánea (Lima: Fondo de Cultura Económica, 2025), 83.

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