¿Qué viene para Colombia con Abelardo de la Espriella?

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El entrante gobierno de Abelardo de la Espriella parece ubicarse en torno a la tipología de gobiernos populistas punitivos, ya que, como advierte Urbán, dicho mal “no es una enfermedad que aqueje a un solo país, sino que es un rasgo genético de esta nueva ola reaccionaria global”.

Por Esteban Morales Estrada 

Historiador y Magíster en Historia
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El imperio del norte desempolva los artículos de fe del neoliberalismo, a los cuales encomienda los saqueos de su recuperación, una estrategia que no abandonará por las buenas, aun a costa de arrasar el continente.

Francisco Mosquera

I

Poco a poco, al pasar los días, se va conociendo más el entramado político de lo que viene para Colombia en el próximo cuatrienio. A la falsa promesa de que iban a gobernar los “nunca”, y que han resultado ser los mismos de siempre, se han sumado todo tipo de pretensiones estrafalarias, como la idea de que la posesión presidencial debía darse en una instalación militar, o el discurso mesiánico que ha intentado introducir la religión en la política de manera utilitaria, o la propuesta de cierre de múltiples embajadas sin ofrecer argumentos sólidos. Cuatro casos particulares de nombramientos de nuevos ministros para la “Patria Milagro”, son dicientes de lo que vendrá y vale la pena mencionarlos aquí: Ilva Myriam Hoyos en el Ministerio de Educación, quien es conocida por sus posiciones reaccionarias, y su cercanía al tristemente célebre Alejandro Ordoñez; Omar Bula Escobar en la Cancillería, el cual difunde un discurso propio de la Guerra Fría, sumado a una extrema sumisión a EEUU y el sionismo; Juliana Gutiérrez en el Ministerio del Deporte, cuyo único mérito es ser la hermana del parroquial Alcalde de Medellín (segunda ciudad más poblada de Colombia) Federico Gutiérrez, un alfil de las tendencias reaccionarias; y Paola Holguín, en el Ministerio de Cultura, cuya experiencia está asociada al sector de la seguridad y defensa, y no parece tener mucho que ofrecer para ningún ámbito cultural.

A los funcionarios que hemos enunciado se suma el despliegue militarista, por darle alguna denominación, del señor Abelardo y quienes lo acompañan, los cuales no pierden oportunidad de hacer un saludo militar en cada aparición pública, y repetir el casi insoportable estribillo patriotero de “Firmes por la Patria”. Pero otros elementos se suman a la perspectiva de militarización del debate público: la idea de traer a Colombia las mega cárceles, la permanente legitimación de la violencia como la solución frente a diversas problemáticas sociales, el anuncio del regreso de las fumigaciones contra los cultivos ilícitos (sin tener en cuenta las graves afectaciones que éstas producen y sus pírricos frutos), la estigmatización de la izquierda y sus manifestaciones diversas, y el regreso del ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), que implica la represión de la protesta y la movilización popular. Después de presentar este poco alentador panorama, parece que no es claro para Abelardo que la mitad del país apoyó a su contradictor político, Iván Cepeda, por lo cual es virtualmente imposible imponer una agenda de recorte de derechos, y suprimir la movilización social que esto produciría, sin que se presente un posible Estallido Social 2.0, que emule lo ocurrido en Colombia, en 2021, frente al desastroso gobierno de Iván Duque, y que en muchos aspectos explica la llegada de Petro al poder en 2022, como manifestación política de la indignación de la población.

Pero el panorama debe completarse haciendo alusión al terremoto que sacudió gran parte del país el 10 de agosto pasado, que ha provocado más de 300 muertes en diversos lugares de la geografía nacional, y dejó graves impactos en ciudades como Pereira, Quibdó, Manizales y Cali, así como en muchas poblaciones pequeñas. Ante este aterrador y destructivo acontecimiento, la respuesta del gobierno ha sido lenta y politizada, ya que, al no haber realizado un empalme serio, la administración de Abelardo ha llegado desorientada y con un gran desconocimiento en torno al manejo de los instrumentos estatales para atender dicha conflagración, pero, además, ha trasformado la tragedia colombiana en un escenario en el cual el Estado de Israel (que lleva a cabo un genocidio y destruye la Franja de Gaza a placer) ha tratado de limpiar su imagen enviando rescatistas de manera tardía, mientras la ayuda de otros países era condicionada y obstaculizada. En definitiva, el desastre ha sido usado para fortalecer la relación con el Estado genocida de Israel, reconociendo la soberanía de éste sobre los Altos del Golán, lo que desembocó en la cacareada eliminación de la visa para los colombianos que deseen visitar el país del Medio Oriente, pero adicionalmente, el nuevo sátrapa de Colombia ha reactivado la exportación de carbón, sin límite alguno, al país de la estrella de David. A todo lo anterior, se suma el escandaloso viaje del nuevo Ministro de Vivienda Jaime Andrés Beltrán, quien con excusas ridículas pretendió justificar su aparición en una playa mientras la hecatombe campeaba por gran parte de Colombia.
 

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II

Volviendo a la tentativa de caracterizar el gobierno que apenas arranca en medio de exabruptos y trapisondas, el concepto de populismo punitivo es una brújula que permite concatenar lo que hemos venido observando en torno a la estructuración del proyecto de la nueva derecha colombiana, que retoma muchos elementos del uribismo, pero los actualiza con aspectos de la llamada “nueva ola reaccionaria global”, y cuenta con el solidario apoyo y respaldo de amplios sectores de la tecnocracia criolla (dispuesta a plegarse a cualquier proyecto político a cambio de puestos, vendiendo la idea de la falsa neutralidad de la teoría económica), así como de la clase política tradicional. La narrativa de vender miedos, se sumó a un anti-petrismo recalcitrante e irracional, que fue rematado por una agresiva espectacularización de la política, con confusos pero eficaces mensajes que calaron en muchas personas: la idea del tigre, del Mesías, de la mano dura. Sin embargo, hay dudas en torno a la trasparecía del proceso electoral y la influencia que tuvo la red reaccionaria que han configurado EEUU e Israel, cuyos objetivos estratégicos pasan por retomar un férreo control de América Latina, proceso que se ha venido dando en Venezuela, Ecuador, Argentina, Chile y Perú.

Para Miguel Urbán, en su libro Trumpismos. Neoliberales y autoritarios. Radiografía de la derecha radical, el populismo punitivo ha tenido dos representantes recientes en el mundo: Duterte y Bukele. En cuanto al primero, es imposible no relacionar sus declaraciones polémicas con la idea de Abelardo de “destripar a la izquierda”, teniendo en la mira que tanto el político de Filipinas, como de la Espriella, no se vieron perjudicados por dichas apreciaciones, y, por el contrario, les otorgaron una gran popularidad. Pero también el caso de Bukele es pertinente, teniendo en cuenta que hay muchas similitudes con lo que estamos viendo en la Colombia de la actualidad: “Bukele se vendía como una figura fresca, alejada del pasado político de El Salvador y, por un muy fugaz momento, pudo haberlo sido, pero cualquier duda se despejó desde que al asumir el cargo despliega una personalidad mesiánica y aun peor, de aspiraciones profundamente autoritarias” (pág. 125).

Más allá de los ejemplos de ambos líderes políticos, Urbán define el populismo punitivo como una tentativa de “crear una sensación de emergencia y de alarma social para convencer a la mayoría de la población de la necesidad de medidas excepcionales para combatir la inseguridad ciudadana” (pág. 120). Este tipo de asuntos se ven claramente en el relato abelardista respecto al “caos petrista” y la situación “gravísima” que han encontrado en el país, que está supuestamente al borde del abismo, y que viene acompañado de la idea implícita de justificar medidas fuertes y correctivas, que además refuerzan la perspectiva mesiánica de los que llegan al poder como virtuales “salvadores”, que tendrán que tomar medidas “drásticas” (basta citar el “Libro de la Verdad”). Por lo anteriormente expuesto, el entrante gobierno de Abelardo de la Espriella parece ubicarse en torno a la tipología de gobiernos populistas punitivos, ya que, como advierte el mismo Urbán, dicho mal “no es una enfermedad que aqueje a un solo país, sino que es un rasgo genético de esta nueva ola reaccionaria global” (pág. 121).

La implementación de dichas perspectivas, sumadas a la historia de violencia de Colombia, es poco menos que preocupante para amplios sectores que no ven con buenos ojos lo que representa el proyecto abelardista y permanecen a la expectativa de lo que vendrá, que muy seguramente consistirá en una particular simbiosis entre neoliberalismo, sumisión frente a Trump y apelación a la violencia (simbólica y práctica). Es difícil hacer un pronóstico, pero más allá de un panorama difuso y contradictorio, parece ser que la figura central del gobierno entrante será José Manuel Restrepo, el vicepresidente, que se encargará de las cosas “técnicas” y ha pretendido trasmitir la idea de que ha llegado a hacer un gobierno “serio” luego del supuesto caos propiciado por Petro, asunto que es más discursivo que real. Al tiempo, Abelardo surge como una figura decorativa que hace declaraciones grandilocuentes y superficiales, pero evidencia todo el tiempo su desconocimiento profundo del manejo del Estado.

 

III

Desde la otra orilla, el progresismo del país tiene una gran tarea por delante y debe hacer una oposición muy inteligente, buscando aprender de errores diversos que se han cometido, y tratando de construir estructuras más sólidas y democráticas al interior del proyecto. Los ideales progresistas deben trascender la figura de Gustavo Petro, y no apegarse a dicho liderazgo como única forma de expresión política. Es importante hacer una autocrítica seria y contundente, en torno a las diversas fallas de los cuatro años de gobierno progresista y a la campaña de Cepeda, con el fin de construir un proyecto más sólido, depurado y coherente, que aglutine a todos los sectores democráticos que pretendan oponerse a una administración, que continúa mostrando una cara peligrosamente marcada por tendencias regresivas, que son propias de una derecha reaccionaria y cavernaria que quiere confundir a la ciudadanía por medio de una variada amalgama de elementos superfluos y baladíes como “la mano dura” o el “anticomunismo”, lo que busca encubrir un régimen neofascista, que tendrá como herramienta central la continua configuración de espectáculos mediáticos en torno a la “seguridad” y la aplicación irrestricta del populismo punitivo en Colombia.
 

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